
Si hay un personaje histórico que en los últimos años ha despertado el interés de la población en General, y de los investigadores en particular, ese ha sido Jesús de Nazaret. El éxito mundial de los libros tales como el código Da Vinci, de Dam Browm, Jesús de Nazaret, de Benedicto xvi, a la elevadísima cifra de espectadores que alcanzó la película la pasión, dirigida por Mel gibson, así lo confirma.
Sin embargo, el interés por el personaje lo ha devorado provocando su ruina. La elevadísima producción de obras de toda índole, y muy especialmente de carácter esotérico, ha generado confusión y la pérdida incluso de sus perfiles historicos más básicos para buena parte de la población que como fruto de la erradicación del estudio obligatorio de la asignatura de religión o cuando menos de una historia de las religiones en la escuela, ya no diferencian si Jesús fue egipcio o judio, profeta o mago, un ser real o un personaje de ficción.
Es en estas situaciones cuando la labor de la arqueología y de la historia alcanza mayor sentido, al devolver a éste, y a cuantos personajes hayan sido desfigurados por fenómenos similares, al lugar que realmente le corresponde, divulgando entre el público en General estudios históricos serios en los que, lejos de teorías cargadas de misterio, visiones puramente confesionales o intencionadamente contrarias a la figura que nos ocupa, se presenten tanto o los conocimientos probados de que disponemos sobre Jesús de Nazaret, como el estado de las actuales investigaciones.
A este respecto hemos de destacar el papel que juegan las fuentes, tanto arqueológicas como literarias, ya que son éstas las que van a dar las únicas pruebas realmente fiables sobre la vida de esta destacada figura, permitiendo a los interesados distinguir lo que es historia de lo que es literatura o pura especulación.
Tenemos que empezar recalcando que los restos arqueológicos que existen claramente relacionados con Jesús de Nazaret son muy escasos. Si exceptuamos aquellos considerados como reliquias, y que dejamos al margen del presente artículo, dada su poderosa carga espiritual y subjetiva, los testimonios materiales de que disponemos aportan datos sobre el ambiente y la época en la que vivió el Nazareno, no sobre su vida o persona directamente.
Sin embargo su importancia y aportación indirecta es grande. Entre finales del siglo xviii y principios del siglo xx existe una corriente de pensamiento que arraigo entre un grupo de estudiosos en que Jesús no fue un personaje real, sino una creación literaria de un grupo religioso interesado en divulgar un nuevo credo en una divinidad salvadora qué fue lo suficientemente atractiva como para enrraizar en la sociedad. El argumento fundamental en el que se sostenía arqueolgía eran las divergencias que presentaban los evangelios, en varios episodios de la vida de Jesús. Además, hasta el momento no se habían descubierto restos arqueológicos, que no fueran lugares sobre los que se habían erigido basílicas cristianas, frecuentadas en vida de Jesús y citados en los evangelios.
El descubrimiento de la piscina de betzata, también denominada Probática, muy próxima a la puerta de las ovejas que se abría en la muralla del recinto del templo de Jerusalén, y por la que entraba el ganado destinado a los sacrificios, vino a cuestionar este aserto. Según el evangelista San Juan en este lugar Jesus había sanado a un paralítico. La crítica racionalista de finales del siglo xix y principios del siglo xx, puso su existencia en tela de juicio, ya que se creía que una obra de tales dimensiones, un estanque amplio, doble, y dotado de cinco pórticos, no podía haber pasado inadvertido a las múltiples prospecciones e investigadores del antiguo Jerusalén, pese al paso de los siglos. Las excavaciones efectuadas a partir de 1870 pusieron al descubierto la piscina tal y como se describía en el citado evangelio. Su hallazgo constituyó un hilo, que certificó que en los evangelios canónicos podían hallarse informaciones históricas veraces.
Algo similar ocurrió en la lápida hallada en 1981, en el anfiteatro de cesaría marítima, antigua sede del gobierno romano en Judea, en la que se encuentra la única inscripción que se conoce con el nombre de Poncio Pilato. El prefecto romano que condenó a muerte a Jesus. Este fue el primer testimonio arqueológico, y epigráfico, que apareció de un personaje que convivió directamente con Jesús de Nazaret y tuvo una participación directa en los acontecimientos que condujeron a su ejecución, pero no fue el único. En el año 1990, en una cueva al sur del valle de la gehena, perteneciente a la ciudad de Jerusalén, se encontró un grupo de tumbas fechadas en el siglo primero después de Cristo, dos años después, en 1992, los arqueólogos descubrieron un grupo de 12 osarios más con restos de unas 63 personas, entre los que destacaban las de un anciano de unos 60 años, en cuya urna se hallo la inscripción “Jehosef bar Caifa”, o lo que es lo mismo, José hijo de Caifas. Los estudios realizados por especialistas, a partir de las inscripciones y los restos materiales del yacimiento, han concluido que efectivamente, el personaje depositado en el citado usuario fue Caifas, el sumo sacerdote judío que procuró la detención y posterior condena a muerte de Jesús.
Estos y otros descubrimientos no sólo aportaron informaciones para un mayor conocimiento de la época y el entorno en el que vivió Jesuss, sino que a medida que se fueron produciendo desarmaron la teoría de que éste había sido un personaje creado con fines religiosos, pues no había restos arqueológicos, sin carga espiritual, y ligados a él o a sus más directos contemporáneos, una aportación por tanto indirecta pero transcendente.
Estos hallazgos confluyen en que los echos narrados en la sagradas escrituras parten de echos verídicos, siendo ahora lo ilógico, pensar que ha sido inventada una parte de dichas escrituras, lo cual no sería razonable en modo alguno.
La veracidad de los milagros de Jesus de Nazaret, es un tema aparte, pero lo que está claro,es que la figura de Jesus de Nazaret se ha desmostrado que es real.
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